TRICÓGENES Capítulo II


Fue al día siguiente, con el gorro lleno de magia, cuando le vi por primera vez. 
En aquel momento yo estaba con Iván, un niño muy nervioso. Era listo. Su tutora decía que se enteraba perfectamente de todo lo que ella explicaba en clase, aunque no pareciera estar atento; pero cuando se trataba de concentrarse en una tarea… ¡uf!, no había manera. Iván acababa haciendo cualquier otra cosa porque se olvidaba enseguida de lo que tenía que hacer. Además, no podía estarse quieto en la silla. A veces hasta se caía al suelo con silla y todo, sobresaltando a todos los demás.
-¡Dios mío, Iván! –gritaba su tutora-. ¿Te has hecho daño? ¡Madre mía! ¡Si es que no paras!
            Cuando algún tutor necesita ayuda con algún niño, ahí estoy yo. Por eso, aquel día,  había venido a mi aula a trabajar un rato conmigo. Yo iba a darle algún “truquillo” para que no olvidase nunca lo que tenía que hacer, pero Iván estaba tan emocionado y tan sorprendido con todo lo que veía allí, que ni siquiera podía escucharme. Se sentaba y al momento se levantaba para preguntarme:
-¿Y esto para qué sirve? –decía señalando un mural de geometría-. ¿Qué dice? ¿Qué significa?
-¡Qué pasada de juego! –exclamaba mientras se levantaba hacia la estantería donde tengo los juegos de mesa-. ¿Podemos jugar? ¡Andaaaa, por faaaa! –rogaba ya sentado en el suelo, dispuesto a sacar la caja.
Imposible. Cuando yo empezaba a hablar, no tardaba ni diez segundos en desviar su atención hacia otra cosa. Cuando empezaba a desesperarme, Tricógenes apareció a mi lado, sobre la gran y única mesa que tengo en el aula. Se puso el dedo en la boca para pedirme silencio. Yo me percaté de que Iván no le veía.
-Te ayudaré con este niño –me dijo, como si tal cosa, como si nos conociéramos de siempre.
Miré a Iván. Seguía empeñado en abrir la caja de aquel juego… ¡de momento, claro! Volví a fijarme en aquel diminuto ser. Yo no podía creer lo que estaba viendo. Un mago como el de los cuentos de hadas, muy parecido al mago Merlín que suele aparecer en los cuentos, pero del tamaño de un dedal. Me pareció que estaba soñando. Me froté los ojos y, al volverlos a abrir, allí seguía, con los brazos cruzados y un cierto aire de impaciencia. Mientras tanto, Iván había abierto ya la caja y comenzaba a sacar todo el material del juego.
-¡Halaaaaa! ¡Cómo mola estoooo! –gritaba.
-¿Vas a escucharme ya? No hago esto muy a menudo –me explicó aquel pequeño mago vestido de azul-. Me refiero a lo de hablarles a los adultos. Tardan mucho en reaccionar. Pero si quieres ayudar a este niño, necesito que me escuches.
Su voz me sonaba lejana, pequeña, ligera y al mismo tiempo clara y con autoridad. Era como cuando te pones unos cascos y parece que la música viene desde el centro de tu propio cerebro. Así le oía yo.
-Muy bien –me sorprendí a mí misma contestando. Miré a Iván. Él me miró algo extrañado. 
-¿Muy bien? ¿Jugamos entonces? –preguntaba Iván a caballo entre la sorpresa y la ilusión.
-Esto… perdona, Iván –atajé-. Estaba pensando en voz alta. Jugaremos después. Primero necesito que te sientes aquí, tengo que hablarte.
Iba a ser difícil, pero entendí que debía mirar y dirigirme a Iván y al mismo tiempo escuchar al mago. 
-Iván –dije cuando por fin se sentó-. Vamos a aprender un truco para que no olvides nunca lo que tienes que hacer en cada momento.
Iván se levantó de un respingo. De nuevo alguna otra cosa le había llamado la atención.
- Iván, siéntate, por favor…
-Un poco de viento fresco para el nerviosismo –escuché decir al minúsculo mago. 
Por el rabillo del ojo vi cómo se quitaba el sombrero y de él salía un chorro de humo transparente, directo a la oreja de Iván. Por allí desapareció. Iván se frotó enérgicamente el oído con el dedo índice, como si le hubiese entrado algo por allí y después se sentó, sorprendentemente tranquilo.
Gracias –dije con la boca abierta por la impresión.
- De nada –dijo Iván con una ancha sonrisa, mirándome por fin fijamente a los ojos.
- De nada –dijo Tricógenes-. Lo cogí en una montaña. 
Me froté ligeramente las sienes, apoyando los codos en la mesa. Aquello iba a ser complicado. Respiré hondo.
-Muy bien, Iván. Y ahora voy a explicarte lo que deberás hacer.
Entonces el mago volvió a quitarse el sombrero. Esta vez salió de él una burbuja que fue haciéndose cada vez más grande. Yo observaba a Iván, que me miraba… ¿con atención? ¡No estaba viendo absolutamente nada! Comprobé que la burbuja se aproximaba a nosotros rápidamente. Sentí algo de desconfianza…
-Tranquila –me dijo el mago-. La burbuja solo os incluirá dentro de ella. 
Para cuando estábamos dentro de la la burbuja,  sentí una paz muy especial.
-Paz y silencio, para la impulsividad –escuché decir al mago-. También de la montaña. Ahora, explícale.
Iván estaba totalmente relajado, en situación ideal de escucha y concentración. Aproveché la ocasión para explicarle un truco que debería tener siempre a mano y seguir paso a paso para no perderse nunca en las tareas de clase. Se lo llevó escrito y plastificado para pegarlo en su mesa.
Cuando Iván se marchó, Tricógenes seguía a mi lado. Le miré.
-Háblale a Iván de la burbuja. Que aprenda a visualizarla. Y por cierto –añadió cariñosamente- cuando necesites algo de magia, allí estaré yo.
Gracias, Tricógenes –le dije-. Seguro que con tu ayuda será todo mucho más sencillo.
Antes de que se marchara, no pude evitar preguntarle una cosa más.
Oye, Tricógenes, ¿me dejas que les hable a los niños de ti?
Apoyó su hombro en el umbral de la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho y se inclinó ligeramente hacia un lado. Me pareció que se hacía un pelín el chulito.
Claro –me contestó él muy presumido-. Háblales de mí. ¿Por qué no? 

Desde aquel día, vuelve siempre que me cuesta ayudar a un niño o a una niña; pero también viene cuando estoy sola, para contarme historias de su magia. 

A veces les digo a los niños que tengo un ayudante mágico. A Tricógenes no le importa que lo cuente; sin embargo, no suelen creerme. Los más pequeños, me miran con los ojos muy abiertos y me hacen muchas preguntas: “¿Cómo es?”, “¿Qué lleva puesto?”, “¿Tiene varita mágica?”, “¿Y por qué es tan pequeñito?”, “¿Habla bajito?” “¿Dónde está ahora? ¿Nos está viendo?”… pero los mayores se echan a reír, pensando que estoy un poco loca.  
¿Y tú? ¿Crees en la magia?


Ana María López Soriano
Dpto. de Orientación Hélade



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